viernes, 19 de febrero de 2010

El capitalismo: ese modo de vida, por Alain de Benoist


Bolstanki y Chiapello definen el capitalismo como «un proceso regido por una norma de acumulación ilimitada de capital». En sentido estricto el capitalismo es, en efecto, un sistema autorreferencial. Este sistema está encaminado a que el dinero produzca siempre más dinero. El beneficio no es sino el medio más eficaz de conseguirlo. La acumulación de bienes materiales y el incremento del poder adquisitivo no son más que las consecuencias. Fundamentalmente, el capitalismo es el sistema que hace del capital un fin en sí mismo, pero en sentido amplio, el capitalismo también es la civilización que hace de los valores económicos, financieros y mercantiles las normas ineludibles de su visión del mundo. Dicho modelo de civilización es el que triunfa en la actualidad.

Los valores de clase han dado lugar a una ideología planetaria: el capitalismo era antes un sistema económico que ha pasado a ser un modo de vida. Ayer algunos pregonaban: «agrupémonos y mañana la Internacional será el género humano». Hoy en día son las multinacionales las que son el género humano. Signo revelador: nunca ha habido tantos gobiernos de izquierda en Europa, y nunca la política económica europea ha estado tan sometida a las leyes del mercado. Ignacio Ramonet escribe: «¿es una casualidad que las democracias, minoritarias en el mundo cuando se esforzaban en yugular a las potencias económicas, se hayan vuelto ampliamente mayoritarias desde el día en que se han puesto a su servicio?».

La doctrina del capitalismo liberal descansa sobre dos creencias fundamentales. La primera de ellas es que los individuos nunca sirven mejor al interés general como cuando intentan maximizar egoístamente sus propios intereses, lo que representa un cambio total, tanto desde el punto de vista moral como desde el político. La segunda es que toda economía de mercado tiende hacia un «orden espontáneo» que corresponde a un equilibrio óptimo (lo que evidentemente no es más que un acto de fe, pues es imposible decir que una situación es absolutamente mejor que otra, si precisamente no existe ninguna otra). Ante tal perspectiva, la sociedad sólo está constituida por átomos individuales que nunca preceden a sus fines. El mercado es percibido como un mecanismo «natural» cuando en realidad es una institución histórica atada a unas prácticas sociales muy precisas.

El capitalismo de mercado se ha impuesto progresivamente, con su sistema de precios fluctuantes que repercuten sobre la producción de bienes, como el sistema de crecimiento y desarrollo más eficaz de la historia. No podemos negar esta eficacia. Además, es evidente que no se puede prescindir del mercado en una economía de especialización e intercambio. Todas las doctrinas que han afirmado lo contrario han fracasado. Su gran error ha sido haber querido derrotar al capitalismo en su propio terreno. Por definición, nada puede ser más eficaz en economía que el sistema económico en el que la eficacia, el resultado calculable y mensurable, constituya el criterio absoluto.

Más que intentar negar la eficacia del sistema capitalista, debemos preguntarnos sobre sus límites y su alcance. Desde el origen, el capitalismo ha manifestado caracteres intrínsecos (primado de la utilidad y de la cantidad, búsqueda del beneficio máximo a cualquier precio, racionalización integral de los comportamientos, legitimación de la búsqueda egoísta del
interés particular, transformación de los deseos humanos en necesidades, tendencia al reconocimiento del mundo como simple fuente de utilidades comercializables, etc.) que, influyendo en la evolución de las costumbres y los espíritus, han ocasionado un grave deterioro de la vida social. No viéndose a sí misma con horizontes de sentido más allá de la producción y el consumo, la sociedad en el capitalismo se vuelve cada vez más opulenta y desesperante: su riqueza material aumenta mientras su vínculo social se empobrece.

Lionel Jospin dice con frecuencia: «sí a la economía de mercado, no a la sociedad de mercado» —es decir, a la sociedad misma concebida de acuerdo al modelo del mercado. La fórmula es excelente, ¿pero tiene sentido aún en una sociedad que, con toda evidencia, es ya administrada como auxiliar del mercado? Y sobre todo, ¿cómo impedir que la primera parte de la fórmula no desemboque mecánicamente en la segunda?

La economía no es un asunto que nos resulte ajeno. Incluso los que la critican están atrapados en ella. La economía nunca puede ser separada de la sociedad global. La diferencia consiste en que anteriormente estaba empotrada en la sociedad global, mientras que hoy día es esta última la que está empotrada en la economía. La evolución de las relaciones entre la política y la economía es significativa a este respecto. No basta con decir que la economía se ha impuesto a lo político relegándolo a un segundo plano o a un rango subalterno. Además, hay que destacar que la economía tiende a remplazar a lo político pasando a ser ella misma el verdadero centro de estrategia y decisión políticas.

No existe alternativa al capitalismo cuando se entra en su sistema de valores. Hacer frente a la tendencia expansiva del mercado, que por definición no conoce límite alguno, no consiste en intentar poner a punto un sistema tan eficaz que a la vez sea «más justo», sino en movilizar todos los medios que permitan restringir la influencia de la esfera mercantil. Medios externos, con la puesta en marcha de una economía plural en la que la lógica mercantil no sea más que un componente, y con el desarrollo de un tercer sector, ni mercantil ni público, en conexión con las actividades cotidianas de los ciudadanos. Más medios externos con medidas concretas como la tasa Tobin, que prevé un tributo del 0,5% sobre la especulación de las divisas. Pero también medios internos con la desmercantilización de las mentalidades, de los imaginarios y de los comportamientos. Se trata, pues, de relativizar en nosotros mismos y hasta en nuestras maneras de ser la parte dada a los valores económicos y mercantiles. En su último libro, De l’inhumanité de la religion, Raoul Vaneigem escribe: «el capitalismo alcanza su estado parasitario cuando el valor de utilización de la mercancía tiende a cero y su valor de intercambio al infinito». En eso estamos.

- Alain de Benoist

Desde hace más de treinta años, Alain de Benoist está efectuando un metódico trabajo de reflexión en el ámbito de las ideas. Escritor, periodista, conferenciante, filósofo, ha publicado más de 50 libros y más de 3 mil artículos, actualmente traducidos a unos quince idiomas.
Sus principales campos son la filosofía política y la historia de las ideas, pero también es autor de numerosas obras sobre arqueología, las tradiciones populares, la historia de las religiones o las ciencias de la vida.

Indiferente a las modas ideológicas, rechazando cualquier forma de intolerancia y de extremismo, Alain de Benoist tampoco cultiva ningún tipo de nostalgia «restauracionista». Cuando critica la modernidad, no es en nombre de un pasado idealizado, sino preocupado ante todo por las problemáticas postmodernas. Cuatro son los principales ejes de su pensamiento: 1) la crítica conjunta del individuo-universalismo y del nacionalismo (o del etnocentrismo) como categorías que pertenecen, en ambos casos, a la metafísica de la subjetividad; 2) la deconstrucción sistemática de la razón mercantil, de la axiomática del interés y de las múltiples dominaciones de la Forma-Capital, cuyo despliegue planetario constituye, a su juicio, la principal amenaza que pesa sobre el mundo; 3) la lucha en favor de las autonomías locales, ligada a la defensa de las diferencias y de las identidades colectivas; 4) una decidida toma de posición a favor de un federalismo integral, basado en el principio de la subsidiaridad y de la generalización a partir de la base de las prácticas de la democracia participativa.

No hay comentarios:

Publicar un comentario